El Fútbol Es Injusto · Mundial Brasil 2014
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México 1986: «La bola entró, Míchel»
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Primer día del mes de junio del año 1986. La familia entera reunida junto a aquellos televisores de infinitas dimensiones y definición reducida. Daba igual. Jugábamos contra Brasil. Los más viejos del lugar abrasaban los tímpanos de los más benjamines con el nombre de Cardeñosa y su ridículo fallo ante la canarinha en el Mundial del 78. Los nuestros, querían revancha. La necesitaban.

Tras ver como volaba el título Europeo dos años atrás bajo las axilas de Arconada, aquel día, Miguel Muñoz alineaba un equipo repleto de gladiadores para contener los bailes y magia brasileños. Zubi, Tomás, Goiko, Maceda, Camacho, Julio Alberto, Víctor, Francisco, Míchel, Butragueño y Julio Salinas. Y a fe, que le dio resultado. Con mis 12 añitos inocentes recuerdo vibrar junto a mi progenitor empujando a nuestra selección desde aquel viejo sofá de “skay” que tantos nietos había visto pulular.

Cada oportunidad errada, el fantasma del viejo Cardeñosa volvía a aparecer. Y mi cerebro en desarrollo se preguntaba una y otra vez quién sería. Nunca lo olvidaría. Tras un córner en el Estadio Jalisco de Guadalajara, el balón llegaba en la frontal del área a Míchel que controlaba con el pecho y tras dejarla botar, empalaba un latigazo que iba directo a la escuadra de Carlos. Todos sabemos qué sucedió. “La bola, entró“. Sin duda alguna. Pero el colegiado australiano Chris Bambridge, acostumbrado a otro tipo de fútbol, decidió hacerse el aborigen y dejar seguir la jugada.

Instantánea imposible de olvidar
(colgadosporelfutbol.com)

Los gritos, insultos, improperios, maldiciones y la más triste desesperación se apoderaban de todos y cada uno de los hogares que comprobábamos cómo a España se le estaba privando de un resultado, probablemente, histórico. No acabaría ahí la injusticia hacia los nuestros en aquel encuentro. Sócrates nos daría la puntilla en el minuto 62 en un claro fuera de juego y con, si cabía, más sorna: el balón era rechazado también por el travesaño y caía a la cabeza del taconeador por excelencia. “En línea“, sí, pero en aquellos tiempos significaba FUERA DE JUEGO. 1-0, y a lamentarse.

La historia se cebaba con “La Furia“. “Lo peor de esto, es la cara de tonto que se te queda“, fue la expresión junto con “Jugamos como nunca y perdemos como siempre“, que toda una generación arrastró en distintas ocasiones hasta que un buen día decidimos bailar el triunfo de un estilo al ritmo del “Waka Waka“.

Sí, el Fútbol es Injusto, a veces. Pero suele devolverte lo que un día te quita.

¿Por qué no un “Maracanazo” este verano?

“Pero … ¿¿¿cómo no lo ha visto???”
(giphy.com)

 

Javier Ferrer

Javier Ferrer

Murcianico, "pater familias", abogado de a pie, amante del deporte rey y de mi "gente", del mar, la cocina y el cine. Autor de eldisparatedejavi.com y, en mis ratos libres, cronista aficionado. Si me preguntas quién fue el mejor de todos los tiempos, te responderé sin pestañear: Diego Armando Maradona ;) Eso sí, siempre con un poquito de "mala leche".

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España 1982: Conmoción en el Pizjuán
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8 de julio de 1982. El calor del verano apretaba en España y por supuesto en Sevilla. El Ramón Sánchez Pizjuán se preparaba para vivir una de las batallas más épicas que se han podido ver en la historia de la Copa del Mundo. Y también uno de los episodios más escalofriantes.

El mediocampo galo formado por Platini, Tigana, Giresse y Genghini causaba sensación y se quedaba como único representante del Jogo Bonito en España una vez eliminada Brasil. Puro romanticismo. Fútbol de seda. Sin duda los franceses eran los buenos en este enfrentamiento.

Enfrente Karl-Heinz Rummenigge se erigía como líder de una máquina trituradora. Un equipo que no brillaba en lo técnico pero que siempre que tenía que ganar lo hacía. Futbolistas físicamente privilegiados y mentalmente programados para no venirse abajo en ninguna circunstancia. La Alemania Federal de siempre. Los malos de la semifinal.

Encontrarse en un callejón oscuro con Manfred Kaltz o Hans Peter Briegel, ilustres laterales de aquella selección, podía ser motivo más que suficiente para salir corriendo. Pero si había un futbolista intimidador por excelencia ese era Harald Toni Schumacher. No fue Schumacher un arquero brillante y su protagonismo en España 82 tuvo más que ver con su carácter que con sus estiradas. Cierto que solamente contemplar un plano corto suyo mascando chicle podía atemorizar al más pintado. En sus ojos no existía el miedo y podía equivocarse pero absolutamente nunca dudaba.

Lo que sucedió en el minuto 57 de partido persiguió durante muchos años  al sucesor de Sepp Maier. Con empate a uno en el marcador, un pase perfecto de Michel Platini encuentra solo en el carril central a Patrick Battiston, recién ingresado al terreno de juego en sustitución de Genghini. Schumacher sale a destiempo, cruzándose en la jugada tarde. Tardísimo. En ningún momento intenta evitar el choque. Su cadera impacta con la cabeza del jugador francés provocándole daños tan serios como una conmoción cerebral y la fractura de una vértebra. La imagen es espeluznante. ¿Penalti claro y expulsión inmediata? El holandés Corver señala saque de portería. Mientras las asistencias intentan recuperar a Battiston, Schumacher juguetea con el balón a la espera de poder sacar de puerta. Irrepetible estampa del malo malísimo tras haber noqueado al bueno.

Aquella decisión arbitral pudo cambiarlo todo, terminando los 90 minutos con empate. Lo de después fue mítico, con una prórroga y una tanda de penaltis que condujo a Alemania a  la final frente a Italia. Como tantas veces pasa en la vida real, los malos salían triunfadores.

Battiston tardaría 6 meses en recuperarse pero terminaría por perdonar a Schumacher aquel incidente que perfectamente le pudo costar la vida. Pero la fama de carnicero perseguiría para siempre al irrepetible guardameta germano.

Pepe Sarria

Me encanta el deporte en general y el fútbol en particular. Soy fan del Celta y enamorado del fútbol de selecciones. Holanda de Cruyff, Brasil de Tele Santana, Colombia de Valderrama o Francia de Zidane son solo algunas de mis favoritas.

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Argentina 1978, la insólita goleada
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Pasó el milagro. Lo que parecía difícil, casi imposible, ocurrió. Si fue o no una injusticia, nunca lo sabremos. Quizás sirva hacer una descripción para saber lo que aconteció ese día de invierno.

En la noche del 21 de junio de 1978 en la ciudad argentina de Rosario se respiraba tensión. Se estaba definiendo el mundial de fútbol y en el Grupo B todo se resolvería por diferencia de gol. Los contendientes que pugnaban por llegar a la final del campeonato eran dos, los clásicos rivales: Argentina y Brasil. La verdeamarelha ya había hecho lo que le tocaba. A las 16.45 venció por 3 a 1 a la selección polaca y quedó momentáneamente en la punta. El esquema clasificatorio de aquel Mundial no es el mismo que el de ahora: había cuatro grupos de los cuales las dos mejores selecciones clasificadas formaban dos grupos finales; los primeros de cada uno de ellos jugaba la final por el campeonato del mundo. Brasil había ganado su partido a Polonia y quedó como líder del Grupo B con 5 puntos y una diferencia de gol de +5. Argentina, que jugaba contra Perú dos horas más tarde, tenía 3 puntos y una diferencia de gol de +2. La selección local necesitaba hacer un mínimo de cuatro goles para acceder a la final, tarea que se presentaba difícil.

Las especulaciones sobre esa noche comienzan aquí y con varios condimentos. Para empezar, Argentina era anfitriona de la Copa del Mundo. Desde 1976, el país era gobernado por una dictatura militar, la más sangrienta de toda su historia. Havelange, titular de la FIFA, tenía una excelente relación con la Junta Militar de Argentina. Por otro lado, la selección de Perú llegaba sin chances de clasificarse. Esto invitaba a hacer cualquier tipo de especulación.

Los primeros 20 minutos del partido fueron parejos. Sobre el minuto 21 el goleador argentino, Mario Kempes, convirtió el 1 a 0; desde allí, Perú bajó muchísimo su rendimiento. Podrá entenderse debido a extrañas razones, o quizás absolutamente desmotivada sin la  posibilidad de alcanzar algún logro en ese mundial. Argentina se iría al descanso 2 a 0; sólo necesitaba un tanto más para alcanzar a Brasil. El segundo tiempo sería casi un entrenamiento. En cinco minutos Argentina ya ganaba 4 a 0. El marcador finalizaría 6 a 0, los locales se clasificarían a la final de la Copa del Mundo, donde vencerían a Holanda logrando su primer título mundial. ¿Injusto? Raro por lo menos.

Matias Rodriguez F.

Matias Rodriguez F.

Hincha de River Plate. Periodismo en ETER. Historia (UBA). Me lees en @elpezdigital y en @Futbolesinjusto.

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Football. 1974 World Cup Finals. Holland team group: l-r, Cruyff, Jongbloed, Haan, Keizer, Rijsbergen, Rep, Suurbier, Jansen, Hanegem, Krol, Neeskens.

Múnich, Alemania. 7 de julio de 1974. Estadio Olímpico. Beckenbauer levanta como capitán alemán, la X Copa Mundial. Derrotado sobre el césped, uno de los mejores equipos que haya dado este deporte: La Naranja Mecánica. La selección holandesa, entrenada por Rinus Michels y comandada por Johan Cruyff, fue un ejemplo más de que no siempre el fútbol es un juego justo, dejándolos sin un título que por cualidades, atrevimiento, vanguardia y oficio, merecieron.

El espectáculo ofrecido durante el campeonato por esta pandilla de melenudos quedó guardado para siempre en la memoria del aficionado. Su primer partido del mundial —frente a Uruguay— fue su presentación al mundo. Los holandeses, inmiscuidos en su bien denominado fútbol total, hostigaron sin piedad a la celeste con un remolino de intercambios posicionales y una presión asfixiante nunca antes vistos en un terreno de juego. Todo el mundo quedó maravillado ante el despliegue físico y técnico de ese equipo. El intercambio de posiciones con el que volvían loco al contrario fue llevado tan al extremo, que los dorsales, —habitualmente ordenados en aquella época por la posición ocupada en el campo— fueron repartidos por orden alfabético, para desorientar aún más al rival.

Holanda consiguió durante este mundial una supremacía de la que nunca había sido propietaria. Para el recuerdo, además del partido de Uruguay, quedan los encuentros ante Argentina (4-0) y Brasil (2-0) en la segunda fase del torneo. Segunda fase en la que, por cierto, Alemania Federal evitó a Holanda gracias una derrota —intencionada o no— ante sus vecinos orientales de la RDA en el último encuentro de la primera fase. En la final, por fin, se verían las caras.

La final (a la que llegaron tras marcar 14 goles y encajar sólo 1) comenzó de forma inmejorable. Los tulipanes sacaron de centro y movieron la pelota sin que los alemanes fuesen capaces de tocarla. La jugada acabó en penal tras quince toques y una conducción larga de Cruyff —saliendo desde la posición de líbero—, que transformó Neeskens. Sin embargo, al descanso los germanos ya habían remontado. En la segunda parte se estrellaron una y otra vez con el cancerbero alemán Maier, sin conseguir mover el marcador. Cruyff, del que se dice que jugó lesionado durante gran parte del campeonato, fue sometido por las patadas de Vogts y la indulgencia del colegiado con éste.

Tan injusto fue el fútbol con la Holanda del ’74, como justicia le hizo la Oranje a este deporte. Porque a pesar de la gloria no alcanzada han prevalecido en el tiempo por encima incluso del campeón, gracias a un estilo tan soberbio y renovador que conmocionó al espectador y que permanece vigente aún hoy, 40 años después. Ese día nació la leyenda de un equipo inolvidable.

https://www.youtube.com/watch?v=B2AY6kOZbAk

Javier Ortega

Javier Ortega

Feliz con un balón entre los pies y una canción en la cabeza... Here, there, and everywhere.

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Un niño corretea por las calles de Baurú, Sao Paulo. Disfruta jugando al fútbol con sus amigos de la infancia y fantasea con llegar a vestir los colores del Santos. Se imagina marcando para el Peixe, haciendo enloquecer a las abarrotadas gradas del Estadio Vila Belmiro. Sueña con emular las jugadas de sus ídolos que escucha en el viejo transistor familiar. Desea lucir algún día la camiseta de la canarinha y vengar la derrota del fatídico Maracanazo. Sueña con ganar el Mundial y marcar el gol más bello que jamás se hubiese visto.

Antes de cumplir 16, Edson debuta y marca su primer gol con Santos. En menos de un año llega a la selección. Sus grandes actuaciones le llevan al Mundial de Suecia’58, donde se convertiría en Campeón del Mundo. Las lágrimas del imberbe jovenzuelo emocionado por la conquista darían la vuelta al mundo. El chico acababa de entrar en la historia.

En los siguientes años, Pelé se erigiría como el mejor jugador del mundo. Su palmarés engordaba a un ritmo vertiginoso, levantando una nueva copa Jules Rimet, dos Libertadores, sendas Intercontinentales y decenas de campeonatos nacionales. O Rei había cumplido (casi) todos los objetivos que se había marcado de niño.

Al Mundial de México ’70 llegó como estrella indiscutible del torneo. En su foro interior sabía que este sería el último y quería dejar huella. El destino le dio la oportunidad de cumplir sus últimas voluntades y en la semifinal, Brasil se enfrentaría con Uruguay. Los cariocas se imponían 3-1 al final del encuentro pero a La Perla Negra le quedaba una cuenta pendiente.

En las postrimerías del partido, un balón en profundidad le dejó solo ante el guardameta y Pelé decidió inventar lo nunca visto. A toda velocidad, ante la salida a la desesperada del cancerbero, pasó por encima del esférico sin apenas rozarlo, para dejar indefenso al incrédulo portero. Los 50.000 espectadores que abarrotaban el Estadio Jalisco asistían atónitos a lo que estaba sucediendo, nunca nadie había logrado zafarse  de un rival de aquella manera tan espectacular.

Instantes después, el astro brasileño recogía la pelota con la mirilla puesta en la portería. Tan solo debía empujar la pelota para lograr el más bello gol jamás marcado. Disparó apuntando al ángulo para evitar que un defensor le aguase la fiesta, pero algo falló. Ajustó tanto que el balón paseó por delante de la línea de gol para acabar saliendo desviado lamiendo la cepa del poste.

El “10″ no se lo cree. Él es el mejor jugador de todos los tiempos. Lo ha ganado todo. Ha anotado más de 1000 tantos. Pero le va a quedar para siempre la espina de marcar aquel gol soñado.

Pelé nunca anotaría el mejor gol jamás visto.

 

Pablo Ortega

Pablo Ortega

1987. Apasionado del fútbol. Redactor en El Fútbol Es Injusto.

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Corría un 30 de Julio de 1966 en Wembley, Londres. Los anfitriones, de la mano de  Bobby Charlton, se plantaban en la final tras quedar primeros de grupo para después eliminar a Argentina en cuartos y a la todopoderosa Portugal de Eusebio en semifinales. Hasta 9 goles marcó en aquella edición el delantero portugués. Pero fueron insuficientes para hacer campeona a su selección, que tuvo que conformarse con un tercer puesto ganándole la final de consolación a la Unión Soviética liderada por Lev Yashin.

En el otro lado esperaba la Alemania Federal, que también quedó primera de grupo y posteriormente había eliminado a Uruguay en cuartos y a la ya nombrada Unión Soviética en semifinales. Por aquel entonces era el menudo delantero Uwe Seeler quien capitaneaba a la Die Nationalelf. Un equipo donde ya jugaba un joven Franz Beckenbauer, titular en el centro de la zaga con tan solo 21 años y que marcó 4 goles durante el campeonato.

La final se presentaba con un gran espectáculo futbolístico, dos grandes selecciones europeas se enfrentaban cara a cara en el mágico Wembley. Alemania había ganado su primer Mundial (y por aquel entonces único) 12 años atrás en Suiza y querían revalidarlo ante una Inglaterra que llegaba por primera vez a una final.

La final no defraudó lo más mínimo. Helmut Haller, máximo goleador de aquel Mundial para los suyos con 6 tantos, adelantó a los alemanes a los 12 minutos, pero en el 18 empató Geoff Hurst, el hombre de aquella final sin duda. En el 78, Martin Peters desataba la locura en Londres con un gol que daba el título a los anfitriones, pero Wolfgang Weber empató en el 89. El mazazo fue terrible, y Alemania llegaba mucho más motivada a la prórroga con el gol in extremis del defensa del Koln.

Ya en la prórroga llegó el lío. Justo pasaba el minuto 100 de partido. En ese momento nació lo que hoy en día conocemos como “gol fantasma”. Alan Ball, el 7 de los three lions, se sacó un centro desde la banda derecha que bajó de manera sensacional Hurst dentro del área, con el 10 a la espalda, y se revolvió para enchufar el derechazo de su vida. El balón se estrelló en el larguero y botó en la misma línea de gol. Roger Hunt, que andaba por ahí en busca del rechace, ni se molestó en ir a por el balón y asegurarse que entraba, lo celebró teniendo claro que había sido gol. Pero el árbitro no lo tenía nada claro y rápidamente se dirigió hacia el asistente. Un simple linier que iba a cambiar la historia de todo un país. 96.924 espectadores en Wembley con el corazón en un puño esperando el veredicto de aquel juez de línea, nunca mejor dicho. Y Tofik Bakhramov dijo sí. Aquel linier azerbaiyano se convirtió en un mito en la historia de la selección inglesa de fútbol al concederle el 3-2 a Hurst ante las quejas de los alemanes. Ya en el último minuto de la prórroga, el propio Geoff Hurst puso la guinda al pastel con el 4-2 definitivo para los ingleses convirtiéndose en el único jugador hasta el momento en haber marcado un hat trick en una final de la Copa Mundial de Fútbol.

En aquel campeonato, podemos decir sin duda que el fútbol fue injusto para Alemania Federal, que vio como un linier le “regalaba” el gol de la victoria a los ingleses concediendo como legal un balón que nunca entró.

Nacho Fariñas Ribes

Nacho Fariñas Ribes

1993. Estudiante de Periodismo en @FCBlanquerna. Columnista en @Futbolesinjusto y redactor en @ISMagazine_. También Premier en @EPL_es y @Tercerequipo. Radio cada sábado al mediodía con @minaminuto.

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