Sívori, el primer Maradona que tuvo Nápoles

Diego Maradona es el futbolista de todos los tiempos por definición. Su paso por el mundo del fútbol ha dejado un legado tan imprescindible en el deporte rey, que veinte años después de su retiro aún se sigue buscando —con permiso de Leo Messi—, un digno sucesor a la zurda más mágica que ha existido en el universo balompédico.

Tan grande es su paso, que encontramos Maradonas de incluso antes que Maradona. Jugadores anteriores a Diego que guardan muchas similitudes con él. De todos estos genios preMaradona existe uno que está por encima de todos los demás: Enrique Omar Sívori.

Apodado el ‘Cabezón‘, Sívori fue, como Maradona, un argentino ilustre en Italia, país dónde militó entre los años 1957 y 1968. Como el ‘Pelusa’, también vistió la celeste del Nápoles, aunque los que lo vieron jugar cuentan que sus semejanzas con el ‘pibe de oro’ no se limitaban a este trivial dato.

Sívori era un centrocampista con vocación ofensiva, un diez clásico dotado de una extraordinaria visión de juego. Aunque si por algo se le consideraba un jugador especial era por su regate y gestos técnicos. Poseía el argentino un extenso catálogo de gambetas traídas directamente del potrero: la pisaba, amagaba hacia dentro, hacia afuera; danzaba con el cuero pegado a la bota, frenaba en seco; se lo mostraba al defensor, luego se lo escondía y cuando éste quería darse cuenta, el túnel ya estaba hecho. A todo esto se le unía un carácter muy temperamental y una gran capacidad de liderazgo, lo que le hacía parecer un futbolista adelantado a su tiempo.

Su estampa era también característica: un jugador menudo (1,63 m) pero poderoso físicamente, que acostumbraba a jugar con las medias totalmente bajadas, a pierna limpia, según él, porque pensaba que así el contrario tendría más piedad a la hora de pegarle. Nada más lejos. Sívori era a menudo cazado por los contrarios, que desesperaban ante su pasmosa habilidad para esconderles la bola una y otra vez sin ni siquiera despegar los pies del mismo sitio, o para dejarlos sentados con un cambio de ritmo vertiginoso. La irritabilidad y los enfados con los que se despachaba entre golpe y golpe, le costaron a lo largo de su carrera más de una expulsión.

Nacido en Buenos Aires (1935) destacó muy joven en River, debutando con gol a los 18 años en el Monumental. En tres temporadas en el equipo Millonario, obtuvo dos campeonatos de Primera División, hasta que después de la Copa América de Perú (1957) recaló en la Juventus de Turín tras un traspaso récord (10 M de pesos) que River invertiría en terminar la construcción del Monumental.

Fue precisamente en esta copa América dónde Sívori formó parte de uno los combinados argentinos más recordados de la historia. Es uno de estos equipos que han permanecido y prevalecido en la memoria colectiva a pesar de su brevísima existencia. Seis partidos disputaron juntos solamente, los que correspondían al sudamericano que por aquél entonces se jugaba en formato liguilla y prescindía de las eliminatorias. Los llamados ‘Carasucias‘ saldrían vencedores en la penúltima jornada tras ganar con gran juego a Brasil (3-0). La delantera de este equipo mítico estaba formada por Corbatta, Maschio, Angelillo, Cruz y el propio Sívori, que fue nombrado mejor jugador del campeonato. Este sería su último torneo con la selección argentina, pues con su llegada a Italia y la obtención de la doble nacionalidad empezaría a disputar encuentros con la selección italiana.

En su primera temporada en Italia conquistó el Scudetto con la Juventus, marcando 22 goles y formando una sociedad letal con el galés John Charles. Caerían dos ligas más con los turineses, siendo capocannonieri con 27 tantos en una de ellas, lo que le empujaría a la conquista del Balón de Oro en 1961. Con los bianconeri logró el que hoy sigue siendo récord de goles en un partido de la serie A, al endosarle seis tantos al Inter de Milán.

Su único mundial llegaría en el 62, en Chile, enrolado ya en las filas de la azzurra. Italia decepcionó cayendo en la fase de grupos y Sívori, por su parte, no quiso tomar parte en el encuentro decisivo ante la anfitriona, que pasaría a recordarse como la Batalla de Santiago debido a la extrema dureza con la que se emplearon ambas selecciones. La derrota en este encuentro les dejaría matemáticamente fuera de un Mundial que a la postre sería el último para el ‘Cabezón’.

Ya en 1965, tras ocho temporadas, tres Scudettos y dos copas en la Juventus, recala en un Nápoles recién ascendido. Su llegada al club enloquece a los napolitanos que encuentran en su gambeta de potrero la esperanza de ver cumplidos los sueños más inalcanzables. En Nápoles coincide con Altafini, leyenda rossonera con la que ya había compartido cancha en la selección. Juntos estarían a punto de hacer realidad el sueño, obteniendo un subcampeonato que, sin embargo, fue histórico para el conjunto del sur de Italia.

Su último partido profesional tendría lugar, precisamente, contra su ex-equipo, la Juventus. El astro ítalo-argentino fue expulsado injustamente y sancionado más tarde con seis partidos. Encolerizado, Sívori decidió anunciar que dejaba el fútbol de manera definitiva, poniendo así un punto final en su carrera digno de tan impulsivo carácter. Tenía 33 años.

La afición napolitana decidió homenajearlo en señal de agradecimiento paseando una estatua con su silueta por la ciudad. A todo seguro,  eran conscientes del peso que el ‘Cabezón’ tendría en la historia del fútbol y que quedaba para siempre reflejado en su superlativo bagaje. Jugó un total de 15 temporadas, repartidas en 440 encuentros disputados entre clubes y selecciones, en los que convirtió la espectacular cifra de 228 goles. Estadísticas coronadas por un balón de Oro y sobre todo por unas condiciones y un carácter que no volvió a verse por Napoli hasta la llegada (se dice pronto) del mejor jugador de la historia.

La única manera de hacer divertir a tantos miles de espectadores que van a ver un partido de fútbol es divertirse uno mismo. Si uno no se divierte, no puede hacer divertir a los demás.

Enrique Omar, como Diego Armando, se convirtió por derecho propio en un ídolo para la afición napolitana y sin saberlo, en la semilla de lo que conseguiría el ‘Pelusa’ con la camiseta celeste dos décadas después. Sívori fue un aviso del destino para los napolitanos, que terminarían por encontrar en Maradona al heredero de ese jugador supremo en el regate y corto en la estatura que nunca pudieron olvidar.

Mañana se cumplirán diez años de su muerte, pero el recuerdo de su zurda —ingeniosa y visionaria—, sobrevive a la parca que, contradictoriamente, lo ha arrojado definitivamente a la inmortalidad.

Javi Ortega

Colaborador injusto parido en la misma tierra que el fútbol. La pelota no se mancha.

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