
Una lágrima asoma en el borde tus ojos, pero no quieres creerlo. Te aferras a la esperanza, al gol en el último suspiro que no llega, hasta que el silbido del árbitro te hiela el alma. Se acabó. El mundo se detiene por un segundo, y al instante siguiente, todo ha cambiado. A tu alrededor, algunos sacan fuerzas de flaqueza y agitan sus bufandas como nunca lo han hecho. Otros refunfuñan o insultan a sus jugadores, a la vez culpables e inocentes de su tristeza. Tú solamente agachas la cabeza y rompes a llorar desconsoladamente. Alguien te dice “es solo fútbol”. Alguien que no entiende.


























